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El lesbofeminismo tiene una existencia bastante corta que puede trazarse desde fines de los sesenta, principios de los setenta, o incluso algo posterior, según el lugar geográfico del que se esté hablando. Obviamente, tiene estrecha vinculación con los debates planteados desde el feminismo en general, aunque el sentido de que de alguna manera sea algo “diferente” del feminismo como tal tiene mucho que ver con la necesidad de responder a preocupaciones específicas.
Probablemente, una de las maneras de trazar parte del camino recorrido por el lesbofeminismo en estos últimos tiempos sea ir presentando algunas de las preguntas que han ido surgiendo, e ir viendo cómo han sido contestadas estas preguntas desde distintos posicionamientos.
Ahora bien, como dentro de todo movimiento, no hay posturas únicas, no hay respuestas que satisfagan a todxs, y las necesidades mismas van variando. Dentro del campo de las discusiones políticas del feminismo vivido por lesbianas en la Argentina de esta década se han perfilado varias orientaciones que tienen que ver como visiones diferentes sobre el modo de preguntar y de responder a sus existencias lésbicas. Si bien el origen común es el feminismo, dado que éste es concebido mayoritariamente como apuntando a luchar en contra de la opresión de las mujeres, el lesbofeminismo ha pasado a cuestionar fuertemente la noción misma de `mujer` (con teóricas como Monique Wittig o Adrienne Rich), lo cual cambia la óptica desde la cual se plantea el problema: el problema deja de ser qué nos pasa a las mujeres en tanto que oprimidas, sino que pasa a ser cómo se construye el sujeto mujer y qué alternativas tenemos. Estas nociones fueron retomadas por buena parte del feminismo, pero también dejaron marcada una línea divisoria entre aquellas que querían luchar en tanto mujeres, y aquellas que tomaban distancia de la idea de mujer por todo lo que le atribuía el discurso patriarcal (inferioridad, pasividad, etc.) para luchar ubicadas en un lugar que consideraron como radicalmente revolucionario, que es el lugar de las lesbianas.
Sin embargo, la cuestión se torna aún más compleja cuando la pregunta es de qué modo articular una práctica política una vez que nos hemos nombrado (con todo lo inestable y provisorio que pueda ser ese nombre). Las respuestas a esta cuestión han sido variadas. Podemos encontrar organizaciones que se definen como grupos de lesbianas (a veces en conjunto con gays, transexuales e intersexuales) y se proponen básicamente incidir en las políticas públicas a fin de lograr beneficios que otros sectores de la sociedad civil ya poseen hace tiempo (matrimonio, obra social, leyes contra actos de discriminación, etc.). Y en el polo opuesto (o no, según cómo lo concibamos) podemos hablar de grupos que se consideran fuertemente radicales y disidentes, para quienes entrar en disputa por derechos y prerrogativas con el Estado es solamente “adaptarse” al sistema y pedir que se nos maltrate lo menos posible. La lucha desde esta perspectiva está en disputar no leyes sino sentidos, es decir, irrumpir en el espacio público para instalar una discusión o visibilizarse como lesbianas, siempre desde el lugar de lo contestatario y opuesto a la política de la identidad (dado que definirse con una identidad es visto como “fijarse”, “inmovilizarse” en el etiquetamiento y la normativización). Entre estas dos posibilidades existen grupos que activan políticas que combinan tanto la disidencia (cuerpos desobedientes a los estereotipos impuestos como “femeninos”, por ejemplo), como el diálogo con las instituciones, por lo que a efectos de lograr ciertos objetivos inmediatos (por ejemplo, el reconocimiento de la cobertura de las obras sociales para parejas del mismo sexo) consideran que deben aceptar ciertas reglas del sistema
¿Qué políticas se pueden articular? Las agrupaciones que se han empeñado en incidir en las políticas de estado defienden su postura en tanto consideran que han logrado una mayor base para la discusión, integrando sectores que de otro modo no tendrían nada en común que discutir con el lesbofeminismo. Por otra parte, esto en algunos casos ha traído aparejada la disolución de los problemas específicamente lésbicos, y, al coordinar con agrupaciones LGTTB, se ha llegado al punto de que la lucha lesbiana ha sido subsumida dentro de la lucha gay, como un grupo más dentro de la denominada “diversidad sexual”. De hecho, la expresión “diversidad sexual” misma ha sido cuestionada por presentar las prácticas sexuales como una paleta de colores que sólo depende del cristal con que se lo mire, y no tanto como una lucha de poder donde una sexualidades son invisibilizadas y suprimidas a favor de otra sexualidad, la heterosexualidad patriarcal, que se fomenta y reproduce desde todas las instituciones sociales (aunque en una disputa por los sentidos, podría decirse también que “diversidad” es una expresión tan resignificable como cualquier otra). Ante esta disyuntiva, los grupos autodenominados disidentes dentro del lesbofeminismo han reclamado una distancia respecto de los grupos LGTTB por considerar que es necesario reafirmar la especificidad del lugar de la lesbiana: ser lesbiana no es lo mismo que ser gay, ni que ser travesti, ni transexual, etc. No se sufre ni vive ni siente lo mismo, y por lo tanto, las prácticas políticas activadas deben ser diferentes.
Y otra vez, la pregunta ante esto es: ¿cómo hablarles de todo esto a las lesbianas que aún no han salido del clóset, a las lesbianas a las que por el momento no les atrae discutir sobre el orden social imperante, a las lesbianas pobres o ricas, o negras o indias o rubias?
Salir a la calle a decir que existe la heteronormatividad, que estamos en una sociedad patriarcal, etc. es algo en lo cual coinciden casi todas las feministas, pero plantearlo en esos términos exactamente es quizás un modo de restringir la discusión tan solo a quienes comparten los términos de la discusión, a un grupo de “entendidas” que comparten el vocabulario de la praxis política feminista, olvidando a todas las que no pueden o quieren plantearse su existencia desde esas palabras. Y otra vez, si obviamos decirlo con todas las letras, quizás estemos “suavizando” parte de la cuestión… Serán dilemas que seguirán discutiéndose dentro y fuera del lesbofeminismo.
Helen Turpaud

En los audios la voz de tres activistas lesbofeministas, María Rachid, Youderkys ESpinosa y Sonia Gonorasky

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María Rachid: Fundadora del periódico Queer y de la agrupación Las Fulanas, Presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas Gays Bisexuales y Trans, forma parte del Consejo Asesor del Inadi, y como integrante de ESPARTILES ( ESPACIO DE ARTICULACION LESBICO) participó en la organización del Primer Encuentro de Lesbianas y Bisexuales en Argentina.

AUDIO 1:MARIA RACHID:


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Sonia Gonorazky profesora de física, lesbo feminista, editora de la
Revista Baruyera una tromba lesbiana y creadora junto a Valeria Flores de la lista de Educadorxs GLTTBI, para educadorxs Lesbianas, Gays, Travestis, Transexuales, Transgeneros, Bisexuales, Intersex

AUDIO 2:SONIA GONORASKY:


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AUDIO 3:YOUDERKYs ESPINOSA MIÑOSO:

Youderkys Espinosa Miñoso:Dominicana, activista feminista desde finales de los 80´, Coordinadora del proyecto de publicaciones “en la frontera” y fundadora del Grupo Latinoamericano de Estudios y Acción en Sexualidades, Género y Cultura (GLEFAS). También es miembra del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y del IASSCS. y desde 1995 incursiona en la teoría feminista y lesbiana. Frecuente colaboradora en revistas y publicaciones periódicas , autora del libro “Escritos de una lesbiana oscura: reflexiones críticas sobre feminismo y política de identidad en AL”.


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